Tras “María Callas” Pablo Larraín ha coescrito y dirigido este proyecto estrenado casi a finales de septiembre en Netflix. Ema, una médica de sesenta años, puede ver y escuchar a los muertos. Los llama “presencias” y ha vivido toda su vida evitando que ese don la conecte con el sufrimiento de otros. Pero cuando su sobrina Julie —una joven perturbada que también puede comunicarse con los muertos, aunque de una forma mucho más intensa y sexual— llega a su casa, Ema se ve obligada a involucrarse. Lo que comienza como un reencuentro familiar se convierte en una perturbadora cadena de eventos que alteran el equilibrio entre el mundo de los vivos y los muertos, contagiando a todo un barrio con voces del más allá. Mientras las fronteras entre la vida, la muerte y el deseo se desdibujan, Ema tendrá que enfrentarse a su pasado, su hija, y los fantasmas que nunca dejó ir. Se trata de una coproducción chilena, una miniserie compuesta de cuatro episodios. Este es un drama psicológico con toques de terror y un componente gótico y surrealista que cuenta una historia de fantasmas sobre los muertos que producen el abandono y describe bien un escenario en que la vida y la muerte conviven. Se habla de temas como la violencia, las drogas, el alcohol, las relaciones familiares y distintas maneras de ejercer el poder. Cabe decir que el guion es irregular con giros un poco caprichosos, quizás se excede en subrayados y carece de ciertos matices y sutilezas a partir de relatos de Mariana Enríquez. Hay que señalar el elenco encabezado por las actrices Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Flechner. La producción ha competido en el festival de San Sebastián de 2026 con un montaje en formato largometraje de 187 minutos de duración.

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